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domingo, 19 de abril de 2009

Appaloosa.


Un buen western, y una buena película, que ya es mucho decir para los tiempos que corren de decadencia cinematográfica.
Viendo Appaloosa es imposible dejar de recordar "Pasión de los fuertes" (Henry Fonda y Víctor Mature), "Duelo de titanes" (Burt Lancaster y Kirk Douglas), "El hombre de las pistolas de oro" (Henry Fonda y Anthony Quinn), y tantos otros films que rinden pleitesía a la sacrificada amistad y la inquebrantable lealtad entre compañeros de fatigas.
Las escenas de acción están resueltas con sobriedad y realismo, mostrándonos rápidos duelos y enfrentamientos que nada tienen que ver con las clásicas reyertas en las que un colt podía disparar de forma ininterrumpida el triple de sus correspondientes seis balas.
La película también "engancha" por su original argumento en torno a un "pentágono amoroso", que no triángulo, ya que la Renée no se corta un pelo en ir de flor en flor para encontrar en cada momento la protección del "semental dominante" (brillante observación de Mortensen).
De hecho, Mortensen hace las veces de "filósofo" durante el film, siendo el que observa y analiza con mayor acierto las circunstancias que se suceden, desempeñando el rol de personaje "cabal" y sensato (sanchopancesco), y compartiendo sentimientos y emociones con su inteligente amante (Ariadna Gil).
A su personaje le debemos un brillante diálogo, de entre los muchos que contiene la cinta:

- "Jamás me tomé el aspecto legal muy en serio. No sé, es como una forma de llevar mejor lo de ser pistolero", le comenta a Ed Harris.
- "Yo sí lo tomo en serio, qué sería si no lo hiciera", le contesta su compañero "quijotesco".

En definitiva, vi un western cargado de connotaciones ético-morales, donde sus personajes percibían de forma clara la abismal diferencia existente entre ley y justicia; un film que analizaba los sentimientos y el perfil psicológico de unos seres inmersos en las difíciles circunstancias de un difícil período de la historia de los EEUU.
En cualquier otra película, la actitud casquivana y voluble de Renée hubiese sido censurada y criticada, pero el estoico Harris aceptaba el carácter "dependiente" de su compañera, siempre temorosa y necesitada de un fuerte macho que le diese protección. Al fin y al cabo Alli (Renée) era una dama que sabía tocar el piano, cocinaba muy bien y ¡hasta se bañaba cada noche! ¿Qué le podían importar al curtido Virgil unos "cuernos de más o menos"?, a él, que sólo había estado con putas y con una india (repetido curriculum amoroso del resignado Harris).
El broche de oro, a un más que digno film, nos lo proporciona Mortensen que, pareciendo querer emular de nuevo al gallardo Alatriste, reta a un duelo al malvado Irons, asesino que fuera indultado por unas laxas y corruptas leyes que no entendían de JUSTICIA.
Así, se cierra el círculo y la trama de un magnífico western, impartiendo justicia, "comme il faut", pero no al estilo fordiano de "El hombre que mató a Liberty Valance", desde las sombras de un oscuro callejón, sino a cara descubierta y con la "bofetada retadora de rigor", al más puro estilo caballeresco o "quijotesco", como se prefiera.

¡Nada que ver con las típicas cutre-frikis películas de turno con las que suele obsequiarnos nuestro subvencionado y chabacano cine español!

Saludos.

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