
El amigo Noctas, conocido como el Crack, me ha inspirado esta entrada, que espero resulte brillante y lúcida.
Cuando un individuo posee un espíritu aristoi, es decir, sabe de la necesidad de que "lo mejor ha de reconocerse en lo mejor" es fácil "homenajear", rendir pleitesía, o poder reconocer, sin más, los valores o trayectorias vitales de aquellos que supieron SER a pesar de difíciles circunstancias adversas.
Mi admirado Ortega ha sido, seguramente, el filósofo de las Españas, que junto a la gloriosa escuela de Madrid (Zubiri, Marías, Zambrano, Morente...) más ha estudiado la razón de ser de España ("La España invertebrada") y más ha profundizado en los problemas socioculturales de la modernidad ("La rebelión de las masas")
Ortega fue el maestro, el magnífico teórico, que nos explicó "quiénes éramos" y, a la postre, quien nos invitó a progresar hacia una España mejor, republicana y no monárquica, pero instándonos a que no nos olvidásemos de "quiénes fuimos".
José Antonio fue un ferviente alumno y seguidor de Ortega. Me atrevería a decir que fue el último gran caballero ilustrado de las Españas, dos pecados, ser caballero e ilustrado, que no pudieron perdonarle los resentidos bolcheviques que acabaron con sus vida en juicio sumarísimo y cobarde.
Ortega era la idea, José Antonio su profeta, la voz capaz de despertar y salvar a la juventud española (sentida y reiterada demanda de Unamuno) del letal abrazo del marxismo.
Sin embargo, llegado el momento de actuar ante difíciles circunstancias, como eran sin duda las que nacieron de la subversiva república de Azaña, el filósofo que dijera
"yo soy yo y mis circunstancias, y si no las supero a ellas no me salvo a mí mismo", no fue capaz de salvar las circunstancias ni de salvarse a sí mismo, como bien le señalara con respeto y cariño el propio José Antonio en un magnífico artículo titulado
"Homenaje y reproche a Ortega Y Gasset"Ortega seguía fiel a sus principios mientras España se derrumbaba. No sería él, quien con tanto ahinco había defendido la necesidad de respetar la legalidad institucional, quien se convirtiera en el Sila de turno.
Hace ya algunos años, hablando sobre Ortega con un sindicalista muy revolucionario y dogmático, me espetó que el filósofo fue un "facha" más, así, tal y como lo escribo.
El comentario de dicho sujeto, tan osado como ignorante, me hizo sospechar que José Antonio, al cabo, tuviere razón en su crítica al maestro, porque allí donde no tenía cabida la dialéctica racional, frente a seres henchidos de rencor contra lo mejor y más excelente, frente a quienes no les importaba arremeter contra la justicia y la integridad de la patria, sólo cabía la dialéctica de los puños y pistolas.
Ortega debió exiliarse, pues a pesar de haber proclamado su solemne "Delenda est Monarchia" y de haber apostado por un ilusionante proyecto republicano, tropezó con la mediocre hez de los resentidos, de los apátridas inconscientes que se alzaban en armas al grito de ¡viva la URSS!
Ante un Ortega que se negó a sí mismo prefiriendo no comprometerse en difíciles circunstancias, sobresalió un valiente José Antonio, que no sólo deseó, antes de morir, que la suya fuese la última sangre española vertida en contienda civil sino que, según se cuenta, había pedido a Franco que de producirse el NECESARIO Alzamiento Nacional se evitara el exceso de bajas.
José Antonio, el poeta que ansiara una "España alegre y faldicorta", el amigo de Lorca y Valdecasas, de Prieto y de tantos otros intelectuales de la época, tampoco deseaba un conflicto civil armado, pero igualmente pagó con su vida por haber dicho, tan sólo, que la integridad de la patria y la justicia habían de defenderse por la fuerza de las armas cuando no bastase con la verdad de la RAZÓN.
Franco, que no estaba para excesos líricos, pues lo suyo era la épica y el repartir hostias a diestro y siniestro (muy bien, por cierto) consiguió, en cierta manera, que la idea de Ortega perdurase en el tiempo y que la memoria de José Antonio permaneciese sempiterna en las almas de todos los españoles de bien que siguen esforzándose por ser quienes desean ser, es decir, quienes son por imperativo de la razón histórica.
¡ARRIBA ESPAÑA!
Saludos