Cine como realidad virtual


Cine y vida, cine y política, cine y filosofía, cine en la realidad y cine en la ficción.

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domingo, 15 de abril de 2012

El club de la lucha (una película patológica)


A los pocos minutos de comenzar a ver "El Club de la Lucha" me pregunté, sorprendido por mi propia negligencia, por qué no había visto antes esa película.
Supongo que obvié su visionado porque, tiempo ha, dicha película fue idolatrada y magnificada por la generalidad de los miembros de un foro friki que solía frecuentar. Bastaba tan solo con que los susodichos aprendices de caballeretes Jedi loaran una película para que yo no sintiera el más mínimo deseo de verla. Y no, no eran prejuicios, sino simple constatación científica. Recuerdo, por ejemplo, que cuando los cinéfilos más edulcorados cantaron las excelencias de "Los Puentes de Madison" me dije: -venga va, quizás la peli esté bien, pues al cabo es una obra del gran Eastwood. Pero no, los puentes resultaron ser un truñaco del 20, y más o menos eso, unos 20 minutos, aguanté antes de dejar de verla. Lo mismo me sucedió con algún truño de Woody Allen y algún que otro cagarro de la locaza Almodóvar. No, decididamente los espectadores amantes de lo "empalagoso" no sentían atracción ninguna por la épica, pero sí por el cine más insano y enfermizo.

Por eso, cuando coincidieron por unanimidad en alabar "El Club de la Lucha", pensé que se trataría de otra peli de seres alienados y poscritos, enfermos y rensentidos outsiders antisistema. Y no me equivoqué.
Sin embargo, la película en cuestión tiene su "no sé qué" que la hace atractiva; nos regala un comienzo seductor y prometedor a través de la historia de un extravagante y, cómo no, enfermizo personaje (Edward Norton) que encuentra su "paz espiritual" acudiendo a grupos de terapia de enfermos terminales. En uno de dichos grupos coincide con otra estrafalaria friki (Helena Bonham Carter) que, como él, buscaba redimirse a través del sufrimiento y la desgracia ajena. Dos impostores que necesitaban alimentarse del dolor ajeno para huir de sus ansias de autodestrucción; dos enfermos con tendencias suicidas que buscaban sentir la cercanía de la muerte para, así, mantener a raya las pulsiones del seductor Thanatos.
Y en medio de los dos enfermos imaginarios surge un tercer personaje (Meat Loaf) que sí es un auténtico desahuciado que padece cáncer testicular y al que un tratamiento hormonal le ha provocado un exagerado crecimiento de los pechos.
Hasta aquí podemos disfrutar de una propuesta original, enfermiza y decadente, a veces divertida, pero en absoluto aburrida.
Dicha trama, harto patológica, sufre un giro con la aparición en escena de Tyler (Brad Pitt en una de sus mejores interpretaciones). Pero el componente de abundante insania, lejos de diluirse o desaparecer, se magnifica a través de una espiral de desorbitada y gratuita violencia.
La propuesta que el enérgico Tyler hace al sumiso Norton es rompedora y transgresora: ¿por qué huir pasivamente de la muerte y del sentimiento trágico de vivir, a través del dolor ajeno, cuando podemos afrontar dicha desesperanza con un par de huevos, disfrutando de nuestro propio dolor?
He ahí una clara transgresión al más puro estilo nietzscheano: la acción vs la pasividad, la aceptación del dolor para ser más fuertes en vez de la huida del mismo que nos sume en la debilidad vital.
Norton, el individuo sumiso y debilitado por su angustia existencial, depresivo e insomne, abrazará las tesis "revolucionarias", en tanto que transgresoras y rompedoras, de Tyler; Norton se encontrará de nuevo a sí mismo y se reconocerá en un nuevo yo guerrero, más vital y luchador.
Nacerá, así, "El Club de la Lucha", una organización o asociación clandestina que se convertirá en un lugar de reunión donde cualquier paria sin reconocimiento ni valía social podría llegar a ser auténtico; cualquier individuo podría llegar a ser él mismo liberándose de los constreñidores corsés morales de una sociedad alienante y subyugadora. Un curioso club social donde sus miembros, en vez de degustar té con pastitas, se darían de hostias hasta el hartazgo, hasta redimir todos sus pecados, expulsar sus miedos y frustraciones y alcanzar el nuevo estatus del orgulloso guerrero.
El club de la lucha irá creciendo hasta tener un importante número de miembros, y será entonces cuando Tyler, el omnipresente y venerado líder, seleccionará a los más entregados y dóciles para hacerles participes de un glorioso proyecto común destinado a cambiar el mundo, transformar la sociedad en definitiva.
Es curioso como, llegados a este punto, no pude evitar imaginarme a Tyler como a un Stalin adoctrinador y uniformador, arengando a sus fieles para, dictadura proletaria mediante, transformar el opresor y alienante sistema en una bella utopía socialista.

Entendí, entonces, por qué "El Club de la Lucha", amalgama de insana patología y propuestas revolucionarias, era una película de referencia para muchos frikis progresistas.
Y, sin embargo, pululando por la red y leyendo numerosas críticas, supuestamente doctas, descubrí que la mayoría de ellas tan solo hacían hincapié en el carácter fascista de dicho film. Curioso, pero no errado del todo.
Es cierto que existe un evidente componente nietzscheano y una apología de los valores guerreros; existe un evidente desprecio ante la moralina judeocristiana débil y sumisa, pero no es menos cierto que también se proclama un fin último al que llegar a través de una vía revolucionaria (atentados terroristas) donde los proletarios (los camareros, los conserjes de hotel y cualquier obrero) se erigen en actores del cambio y de la transformación social.
Es decir, el film refleja aspectos fascistas, sí, pero también del comunismo más utópico y revolucionario. ¿Por qué, entonces, todas las críticas coinciden en señalar el carácter fascista del film y obvían el componente, claramente marxista, que subyace en otros muchos aspectos?

Supongo que esto se debe a que el marxismo ha sabido enmascarar su soberbia prepotente ocultándola bajo los disfraces de los "buenos y justos". Muchos todavía desconocen que el fascismo es "hijo legítimo" del marxismo. Y, como bien viera Antonio Escohotado, en la ideología de Marx ya estaba inserto el resentimiento y el odio que legitimarían a Stalin y demás suprematistas del comunismo a perpetrar graves crímenes contra la humanidad, incluso peores que los cometidos por el fascismo.

Atención, spoiler!

Ya comenté a lo largo de mi reflexión que Norton, al encontrarse con Tyler (Brad Pitt), descubre o se reconoce a sí mismo a través de un nuevo yo. De hecho, esto es tan literalmente exacto como que Tyler es, en realidad, un alter ego de Norton, es decir, Tyler es el producto de una disociación de la personalidad (personalidad múltiple) del timorato personaje de Norton.

jueves, 24 de marzo de 2011

Elisabeth Taylor



Se marchó, pero dejó un fuerte eco en la eternidad.
¡Qué guapa era y qué grande fue!
¡Descanse en paz!

sábado, 5 de febrero de 2011

Valor de ley


Me he enterado de que la genial "Valor de Ley" ya tiene su remake actualizado, ni más ni menos que por los hermanos Coen.
Y siendo una película de los Coen no podía faltar el ínclito Jeff Bridges, sempiterno Nota y un pedazo de actor como la copa de un pino.
Viendo la caracterización de Bridges como el refunfuñón y duro Rooster Cogburn (papel que interpretara John Wayne en la cinta de 1969) no puedo por menos que aplaudir la elección de los Coen. ¿Quién, si no, podría emular al viejo Cogburn cascarrabias, decadente y pendenciero, bebedor y de gatillo fácil? ¿Robert de Niro, quizás? No, a De Niro le faltaría un toque de "decadence", el aura de enfant terrible y bon vivant que tan bien refleja Bridges en sus películas (genial también en el "El rey pescador").

No es novedosa la peregrina relación entre niñita desvalida y pistolero maloso en el western. De hecho, además de "Valor de ley", tenemos otras dos grandes películas que también centraron sus guiones en el mismo eje argumental:
"Círculo de fuego", con el siempre magnífico Gregory Peck, y, ¡atención!, la genial parodia titulada "Cat Ballou", con el maloso por excelencia Lee Marvin, o Liberty Valance, como se prefiera, convertido en un pistolero venido a menos, borrachín y perdedor, que decide ayudar a una jovenzuela Jane fonda.

Pero vayamos a lo que nos ocupa: "Valor de ley"



Todavía no puedo juzgar si la pelicula de los Coen estará a la altura de la realizada por Henry Hathaway en el 69, pero sí quiero recomendar la secuela de ésta, la maravillosa "El rifle y la Biblia", de nuevo Cogburn interpretado por John Wayne, junto a la maravillosa Katharine Hepburn, mujerona que siempre, desde pequeñito, produjo en mí una inexplicable atracción.
Hay secuencias en "El rifle y la Biblia" que nos recuerdan inevitablemente a "La reina de África", con Hepburn en su papel de mujer fuerte e independiente haciendo la puñeta a Wayne, lo mismo que otrora hiciese con Humphrey Bogart.
Y es que, detrás de todo hombre pendenciero e irresponsable, detrás de todo bon vivant noble y leal, debe estar la mujerona de turno; esa gran mujer que sepa como reorientarle y hacerle mejor, que sepa descubrirle las virtudes potenciales que esconde en su coraza interior de hombre duro y cínico. Y Hepburn, que bien supo cómo hacerlo en la vida real con el travieso y bebedor Spencer Tracy, no iba a fracasar en la ficción ante dos duros de entre los más duros del celuloide.
Me gusta más, mucho más, el Cogburn de "El rifle y la Biblia", donde descubrimos a un Wayne mucho más humano, irónico y divertido que en "Valor de ley" (donde ya estuvo genial) y todo gracias a la interpretación magistral de Hepburn (¡qué gran actriz!).
Al final de ver el rifle y la Biblia, sólo podemos sentenciar, como hiciera el propio Cogburn ante Hepburn: "¡Amén, hermana!"

Saludos.

viernes, 21 de enero de 2011

Cartas desde Iwo Jima


No suelo citar entre mis películas bélicas preferidas este peliculón del maestro Clint, el gran Clint. Supongo que es un olvido, imperdonable por cierto, ocasionado por la "juventud" de la susodicha cinta (2006), pues la última gran película bélica que solemos recordar los viejunos como yo es Platoon (1986).
Sin embargo, hoy me dispongo a reivindicar tan magnífica película, al tiempo que me flagelo por no haber reconocido públicamente su grandeza mucho antes.
En realidad, la película me gustó la primera vez que la vi, la segunda vez la saboreé mejor, pero ayer (a la tercera va la vencida) descubrí el sello de obra maestra que Clint Eastwood le había imprimido a sangre y fuego, y nunca mejor dicho, porque sangre, fuego y honor son los temas centrales de tan épica y humana, demasiado humana, película.

La película tiene un guión redondo y los personajes son magníficamente retratados, haciéndolos tan humanos como creíbles. Tanto el soldado que siente la necesidad de morir con honor por la patria, como el que desea sobrevivir a toda costa para reunirse con su familia, acabarán ganándose nuestras simpatías. Podremos empatizar y comprender al general veterano de tácticas obsoletas, pero de regios y nobles principios, tanto como con el joven general conocedor de las tácticas de guerra modernas, pero no menos valeroso y patriota (genial Ken Watanabe, "El último samurai").
La escena del suicido colectivo es gloriosa, terriblemente dura y dolorosa, trágica... ¡¡¡GENIAL!!!
La escena final, cuando son desenterradas las cartas de una de las cuevas y salen a la luz los testimonios, miedos, ilusiones, esperanzas... de aquellos soldados que sabían que iban a morir es ¡¡¡MARAVILLOSA!!!
Decenas de sabrosonas escenas, perfectamente hilvanadas todas ellas, para dar forma a una narración perfecta, para despertar los sentidos y hacer aflorar las emociones.
¿De verdad, aquel año de 2006, se mereció "Crash" el Oscar?

Saludos.

lunes, 3 de enero de 2011

Hasta que llegó su hora


Pues sí, sigo viendo clásicos estos días festivos, comme il faut!
Sergio Leone y Ennio Morricone son los padres de un bonito cuento sobre buenos, no tan buenos, y sobre malos, estos sí, muy, muy malos: "Érase una vez en el oeste"
Entre los "buenos" están el vengador atormentado (Charles Bronson) el forajido burlón (Jason Robards) y una exprostituta jugosona (Claudia Cardinale) Y entre los malosos encontramos a un asesino despiadado y cruel (Henry Fonda) y a un tullido moribundo y ricachón que, incluso a las puertas de la muerte, se aferra cual garrapata al materialismo más inhumano.

Antes de los créditos de inicio de esta obra maestra, Leone nos regala, a modo de aperitivo, una introducción maravillosa; casi un cortometraje inserto en la globalidad del film, un homenaje trágico-cómico a dos veteranos del western: Jack Elam y Woody Strode ("El sargento negro") ver aquí una secuencia:
En una desértica estación de tren tres malosos esperan pacientemente la llegada de un forastero. El ritmo de la narración es lento, muy lento, con el cansino chirrido de fondo de las aspas de un molino, y no paran de sucederse primerísimos planos de los rostros de los tres malajes. Uno de ellos no para de hacer crujir los huesos de la mano. Elam, sentado en una hamaca, intenta deshacerse del incordio de una mosca sin moverse de su asiento, hasta que finalmente la atrapa, sonriente, con el cañón de su revólver. Y Strood, impertérrito, soporta el incordio de una gotera sobre su pelona cabeza, pero el muy jodío tampoco desea moverse, así que se coloca el sombrero y, tras un largo goteo en el ala del mismo, aprovecha para beberse el agua con un impagable careto de satisfacción burlona. ¡GENIAL!, jamás un ritmo narrativo tan lento y unos tipos tan vagos resultaron tan suculentos para los sentidos.
Jamás Ford, exento del carácter latino de Leone, hubiese podido parir una oda tan simpática a la pereza y la desidia hispanoitaliana, o a la cabezonería, según dicen, de vascos, baturros o gallegos. Por sus cojones que ni Elam ni Strode se iban a mover y ceder ante el incordio de una mosca o la molestia de una gotera.

Finalizado el pequeño cortometraje-homenaje, la película arranca con un comienzo realmente impactante y conmovedor: el vil y abyecto asesinato de una familia (un padre y sus tres hijos) Pero no hay sangre, oigan, ni una sola gota. Nada de casquería gratuita ni regocijo morboso alguno en tan miserable acción. Los asesinos ni siquiera aparecen en pantalla; tan sólo se oyen los disparos al tiempo que los cuerpos van cayendo al suelo lentamente, mientras una cámara ralentizada nos muestra la injusta e inesperada muerte de aquellos inocentes.
Cuando sólo queda con vida el niño pequeño, sólo entonces, aparecen Frank y sus secuaces, sonrientes, para acabar de rematar la faena y arrebatarle la vida al desvalido bambino. Un lagrimón furtivo recorrió mis mejillas, y no sería el único.

Diálogos inteligentes, exquisita y bella fotografía y embriagadora y envolvente música: todo un placer para los sentidos y un delicioso manjar repleto de emociones.
El cuerpo sudoroso de Claudia en el desierto, mostrando un canalillo más que recatado y, sin embargo, sugestivo y lúbrico a un tiempo (ñam, ñam)
Apenas se hacían concesiones al Dios Eros, y sin embargo Claudia, con sus sensuales labios y sus enormes ojazos negros, era capaz de despertar la líbido del más sonso de los mortales. Tampoco había sangre ni escenas especialmente violentas, pero se podía sentir el dolor y la angustia que emanaba de las entrañas de la música de Morricone, perfectamente hermanada con la preciosista estética de Leone: una auténtica obra de arte cinematográfica.

Soy un ferviente amante del western, género que considero una perfecta filosofía de vida, pero mis gustos no suelen coincidir con los de los grandes especialistas en la materia.
Tras mucho leer y releer a críticos sesudos, y visionar las películas que se consideran "clásicas" del western, he llegado a la conclusión de que no soy muy sesudo, o bien no soy tan entendido en la materia como yo mismo pudiera creer. Lo digo porque "Centauros del desierto" es, sin duda, una obra de arte, pero a mí nunca me hizo tilín, como tampoco me lo hizo "Sin perdón", también muy buena.
Sí suscribo, pero, la genialidad de "La Diligencia", "Río Rojo" o "El hombre que mató a Liberty Valance", grandes entre las grandes, pero prefiero otras obras aparentemente menores: "Murieron con las botas puestas", "Un hombre", "Los tres padrinos", la trilogía Leone y esta maravillosa y suculenta "Hasta que llegó su hora"

Saludos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

La vida ante sus ojos.


La vida ante sus ojos es una peli rara, sin duda pretenciosa, absurda e incoherente en opinión de muchos (mi mujer, por ejemplo) pero aceptable e incluso "buena" para otros tantos, entre quienes me incluyo.
La película, desde luego, no deja indiferente al espectador, ya sea provocándole un incontenido acceso de ira (de nuevo mi mujer) o dejándole perplejo, pensativo y algo confuso para acabar preguntado: "¿eso es todo? ¿Así acaba?" (éste fui yo).

Pues sí, a pesar de todo a mí me gustó, principalmente por cumplir dos criterios imprescindibles, a saber:

- Su trama, en verdad llena de "lagunillas", me impidió quedarme dormido en el sofá como viene siendo habitual, no tanto por ser un viejuno, obligada aclaración, como por el hecho de que últimamente las películas que veo se me antojan soporíferas y aburridas. Primer punto, pues, a su favor: estimula la mente y despierta el seso, que diría Manrique, haciéndonos contemplar cómo se pasa la vida y cómo se viene la muerte, tan callando, de una joven adolescente.

- Sin embargo, "la vida ante sus ojos", aun faltándole algo más que un hervorcillo para ser una obra redonda, algo más que buenilla o "pasable", resulta una magnífica vía de catarsis emocional. Estamos ante una película para sentir, pero sobre todo para evocar vivencias y recuerdos aletargados en nuestra memoria.
¿Se le puede pedir más a una obra cinematográfica?

Supongo que mi mujer, aficionada desde jovencita a la lectura de novelas policiacas (Aghata Christie sobre todo) no pudo evitar sentir la frustración de su analítico y en exceso racional hemisferio izquierdo, tan dado él a diseccionar meticulosa y racionalmente la realidad.

- ¡Es absurda!, exclamó visiblemente airada al terminar la película.

Yo defendí la peli como buenamente pude, intentándole explicar el malabarismo genial del director al hacer que la vida pasara ante los ojos de una joven justo antes de morir, pero no su vida pasada como suele ser habitual, sino una hipotética vida futura que habría de tener en caso de sobrevivir a su destino fatal, ¡he ahí la genialidad! (inevitable no recordar "la última Tentación de Cristo")
Vale, reconozco que la peli, "genialidades" incluidas, apenas logra el difícil objetivo de hacerle ver al espectador medio sus "complejas intenciones", pero a mí ya me valió su visionado para evocar y deleitarme en los recuerdos de mi pretérita juventud.
Así, recordé a mi antigua profesora de filosofía, de la misma manera que la protagonista recordaba insistentemente, durante el film, a un profesor que marcó su vida.
Pero recordé, más concretamente, un libro cuya lectura nos recomendó mi díscola "profa": "Justine", del pervertido "Divin Marquis".
Y es que, viendo "la vida ante sus ojos", resulta también del todo imposible no ver "las vidas paralelas" de sus dos protagonistas con las dos hermanas tan dispares que retratara Sade en su "Justine": la justa y la pecadora.
Si tuviese que ser osado, que a fe mía lo soy, diría que "la vida ante sus ojos" es una moderna adaptación de "Justine", pero con un giro inesperado en el desenlace final, muy del gusto del catolocismo redentor de pecadores y salvador de almas.
También recordé a mi amigo del alma, tan diferente a mí, ahora erudito catedrático y reconocido escritor; evoqué la rebeldía de mi juventud, rockero indomable, que en absoluto "casaba" con su carácter virtuoso y dócil de buen cristiano, pero ésa ya sería otra historia...

Saludos.

domingo, 22 de noviembre de 2009

La hija del general


Ayer me dio por ver "La hija del general", una magnífica película protagonizada por Travolta y Madeleine Stowe.
Un buen guión que mezclaba temas como el honor, la lealtad, la traición y la intriga bien hilvanados y entrelazados, de manera que se lograba una historia entretenida y, ¡atención!, interesante.
Me ha sorprendido, pero, leer críticas, que si bien no eran malas sí se me han antojado harto "ciegas".
La mayoría de quienes han opinado sobre esta película, en estos mundillos virtuales, ha comentado la intriga militar que parece ser el nudo principal de la trama. Otros, los más resabidillos, como de costumbre, osan alabar o criticar las actuaciones de los actores.
Nadie, sin embargo, ha comentado el tema de fondo que subyace en esta dramática historia y que es, además, el principal: la traición de un padre a su hija.
Dura, muy dura la denuncia de una hija a un padre cobarde, a un padre egoísta que no supo estar al lado de ella cuando fue víctima de una cruel violación en grupo, nada menos que en la prestigiosa academia militar de West Point.
El padre, todo un general del ejército de los EEUU, vende el honor y la dignidad de su hija a cambio de un ascenso.
Así, el padre silente y cobarde, ávido de poder, no sólo rehuye de su principal responsabilidad como persona: estar junto a su hija en difíciles momentos, sino que insta a la joven a que "olvide" lo sucedido, generando en la misma un sentimiento de abandono y, a la postre, una patología postraumática, que será la parte visible del iceberg de la atormentada oficial y psicóloga.

La joven desarrollará una impulsiva y escabrosa conducta sexual promiscua con la generalidad de los hombres del cuartel, y el padre, de nuevo cobarde e irresponsable, obviará e intentará ocultar, por todos los medios a su alcance, una realidad que le parece tan incómoda como vergonzosa y que, sin embargo, es un secreto a voces.

Veía la película y, de verdad, llegué a sentir verdadero asco de aquel tipo frío y calculador, insensible al dolor de su hija, que bien pudo coger una de las muchas pistolitas, a las que seguramente tenía acceso, y haber hecho JUSTICIA, comme il faut!
¿De verdad resulta creíble que todo un general, a quien se le presupone celoso en la preservación del honor y la dignidad de los suyos y de él mismo, pudiera conducirse de forma tan miserable a cambio de un plato de lentejas en forma de ascenso?
Pues sí, ¿acaso no es de suponer que las reiteradas ofensas al honor de los españoles, que han quedado impunes en Irak, el caso Alakrana, Faisán o en los últimos acontecimientos en aguas gibraltareñas, no valen oportunos ascensos?

Saludos.

martes, 3 de noviembre de 2009

Nos dejó José Luis López Vázquez.


Todavía recuerdo sus gestos, sus películas, su chillona voz cuando las circunstancias se torcían y nada parecía salirle bien en aquellos filmes, plagados de guiones cómicos y entrañables, que interpretó.

Aquí en una actuación memorable, junto a la también inolvidable Gracita Morales.

¡Qué descanse en paz!

martes, 27 de octubre de 2009

Los tres padrinos.


Ayer me permití el lujazo de volver a ver "los tres padrinos", aprovechando que mi mujer leía un libro con la guardia baja, cuando siempre suele estar presta para criticar mi afición por revisionar "clásicos".
Mucho se ha escrito sobre este western atípico, desconocido para muchos y considerado como "obra menor" por algunos críticos sesudos.
A mí, sin embargo, me encanta, pese a sus lagunillas narrativas, su bizarro guión o la pretensión, poco disimulada a mi parecer, de aspirar a convertirse en un nuevo cuento navideño del estilo de "¡Qué bello es vivir!" (Capra)
Me recordó a otra supuesta "obra menor" del maestro Ford: "La patrulla perdida", en la cual encontramos también al desierto como protagonista y la lucha de un puñado de hombres por sobrevivir a sus inclemencias.
Es curioso, pero en ambos filmes se trata el tema religioso de forma harto distinta, pues mientras que en "la patrulla perdida" un ferviente creyente (Boris Karloff, nada menos) acaba perdiendo la razón y la ligazón con la cruenta realidad, llegando a delirar cual fanático dogmático, en "los tres padrinos" se nos muestra una visión más positiva y amable de la fe.
Así, en "Los tres padrinos", una Biblia se erigirá en destacada protagonista junto a un gran elenco de actores: John Wayne, el vitalista y siempre enérgico Pedro Armendáriz y Harry Carey Jr.
Es una película para sentir, en absoluto para ser ejemplo de "guión coherente" o para mostrarnos notables interpretaciones que, de hecho, son sobresalientes debido a la calidad de los actores.
No pude evitar fijarme en una secuencia memorable y premonitoria:
Pedro, uno de los tres padrinos, queda malherido en el desierto y decide poner fin a su sufrimiento con un disparo. Años más tarde, el actor Pedro Armendáriz que daba vida al personaje, también decidiría, fuera de la ficción, acabar con su vida al diagnosticársele un cáncer terminal.

¿Cómo se llamaría el pequeño que, tras la muerte de su madre, quedaría a merced de la buena voluntad de sus tres "improvisados" padrinos, forajidos para más inri?

- ¡Robert!, insistía orgulloso Wayne.
- ¡No!, ¡ Robert William!, matizaba Carey.
- ¡Robert William Pedro! acababa sentenciando Armendáriz.

¡Genial, de verdad!

Saludos.

PD. En la foto de cabecera los cinco protagonistas: Robert, William, Pedro, el pequeño Robert William Pedro, y la Biblia.

sábado, 17 de octubre de 2009

Katyn, "la verdad" bolchevique.


Acabo de ver los 15 minutos más espeluznantes del cine actual: La última escena de "Katyn", que recrea el genocidio perpetrado por el ejército rojo, durante la invasión de Polonia, contra 22.000 oficiales polacos.
La extinta URSS sólo reconoció semejante barbarie en 1990, después de haber intentado inculpar a los nazis de tan brutales crímenes durante los juicios de Nuremberg.
¿Cuándo reconocerán nuestros "buenos" rojeras los Paracuellos, checas y viles asesinatos (sacas) que protagonizaron durante nuestra GC al grito de ¡viva la URSS!?
Dicen que la historia la escriben los vencedores, pero nuestros inmorales rojeras nos están demostrando que también la pueden "reescribir" los cobardes revanchistas; aquellos que prohiben homenajes literarios a grandes escritores por haber sido falangistas (Foxà), o que destierran la memoria del Alcázar por tal de borrar los innobles actos que cometieron los subversivos revolucionarios, pero también para borrar de la historia la grandeza de quienes fueron españoles de bien.
Ahora, nuestros resentidos, quieren declarar nulo el juicio al traidor Lluís Companys, sin preocuparse de los otros "juicios" que acabaron con la vida de José Antonio, Maeztu y otros tantos buenos españoles.
Mientras en "Katyn" su director, Andrzej Wajda, nos recuerda el sacrificio de los oficiales polacos, asesinados mientras se aferraban a sus rosarios y entonaban sus últimas plegarias, Amenábar, fiel heredero de los rojeras saqueadores de templos y asesinos de clérigos, vuelve a insistir en el mensaje ateo de sus correligionarios, aunque para ello deba pervertir la historia como hace en Ágora.

Saludos.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Patrick Swayze (la muerte de un rebelde).


Se nos fue Patrick Swayze, uno de los chicos rebeldes de Coppola (the osutsiders) que también repetiría como rebelde en la entrañable serie de TV "Norte y Sur".
Siendo adolescente, 14 o 15 años, me leí la pequeña y deliciosa novela de Susan E. Hiton sobre el greaser Ponyboy y su pandilla.
La película de Coppola, adaptación de la novela, me gustó, aunque donde mejor recuerdo a Swayze es en el papel de sudista en la mencionada serie "Norte y Sur", junto a un malvado y perverso David Carradine.
Seducido por el carisma y la gallardía de Swayze en el papel del honorable oficial Orry Main, cometí el imperdonable error de ir a ver al cine "El guerrero del amanecer", un TRUÑO (en mayúsculas) de los peores que recuerdo haber visto.
Que descanse en paz.

Saludos.

viernes, 4 de septiembre de 2009

El bueno, el feo y el malo (un clásico)


El otro día estuve viendo "el bueno, el feo y el malo".
Mi mujer, como siempre, me tachó de cansino y repetitivo.
-¿Ya estás viendo otra vez uno de tus "clásicos", me inquirió burlona?
-Pues claro, le contesté, ¿me dirás que no son mejores películas que las últimas que hemos visto ("Resacón en las Vegas", "Arrástrame al Infierno"...)?
-No, si no digo que sean malas, pero no comprendo cómo puedes verlas una y otra vez.

De verdad, no sé de qué se queja, cuando bien sabe que ella es para mí todo un clásico, y que no me canso de verla una y otra vez, año tras año, y espero que hasta que la muerte nos separe. :-)

PD: Aquí Morricone y Metallica. ¿Alguien da más?

Saludos.

domingo, 7 de junio de 2009

La clase (Entre les murs)


Al disponerme a ver "la clase", un film francés que obtuvo la Palma de Oro de Cannes el año pasado, no sabía que iba a visionar una película aterradora y escalofriante, dura y fiel reflejo de nuestras decadentes sociedades; una película desesperanzadora, en definitiva.
¿Qué sensación me quedó tras ver dicha película?
Una sensación de amarga derrota e impotencia que pronto despertó sentimientos de frustración y obligada resignación.
Entre las paredes de una clase, de un instituto francés, se nos revela un conflictivo microcosmos formado por jóvenes adolescentes (entre 14 y 15 años) . Un pequeño universo que bien pudiera ser el perfecto reflejo de la actual sociedad francesa, es decir, de una sociedad en crisis de valores y en evidente decadencia.
Era imposible evitar ver, en todas y cada una de las causas de conflicto que mostraba el film, la dolorosa realidad actual en las aulas de las Españas.

A través de la dinámica de una clase de alumnos franceses, procedentes de barrios marginales y de diferentes orígenes y nacionalidades, se sucede una continua lucha entre un profesor y sus jóvenes pupilos, insolentes y desarraigados.
El buen profe, de talante claramente progreta, insistirá en el debate dialéctico constante y cansino frente a un grupo desmotivado de jóvenes irrespetuosos, pero soberbios y tan osados como ignorantes.
Al principio del film el bienintencionado profe confía en sus dotes retóricas y en el carácter democrático de su pedagogía, viéndose obligado, incluso, a señalar a sus alumnos que "sólo les pide que eviten el tuteo y que muestren un poco de respeto, que en absoluto es su intención que se sientan sometidos a imposiciones"
No pude, entonces, evitar acordarme de la desafortunada frase de nuestro actual ministro Sebastián, cuando siendo aspirante a la alcaldía de Madrid prometió que de ganar él las elecciones "los alumnos no tendrían que arrodillarse ante ningún profesor"

De aquellos polvos, y tantos y tantos charcos de inconsciencia retroprogre, vienen los actuales lodos de podredumbre en el mundo de la enseñanza, no ya sólo en Francia o en España, sino en la generalidad del sitiado y rendido Occidente.
Un chico marroquí de "La clase" se permite criticar a los "gabachitos", a esos blancos que le miran por encima del hombro por ser "moro" y que osan, ¡oh, terrible atrevimiento!, poner "bacon" como aperitivo en una fiesta.
Souleymane, el chulito adorador del Islam, exhibe con orgullo un tatuaje con una cita del Corán al tiempo que se niega a integrarse, boicot mediante, en la dinámica participativa que propone el iluso profesor.
Esmeralda, otra chica de origen africano, se queja junto a algunas compañeras de que el profesor siempre escriba nombres franceses en la pizarra para ilustrar con ejemplos sus clases de lengua. ¿Por qué no utiliza nombres marroquíes, senegaleses, argelinos, etc...?

¡Viva la IGUALDAD!

Y sin embargo, y he ahí lo más triste, duro y paradójico, que muestra la película, es que NINGUNO de esos chicos se siente francés.
Sí, reivindican sus nombres, el respeto a sus tradiciones, el reconocimiento de sus orígenes mediante la música y tatuajes, pero reniegan de la sociedad que "pelea" por convertirles en hombres de provecho para el futuro; ellos siguen a sus futbolistas, los argelinos a Zidane, los de Mali a una estrella africana que juega en el Chelsea y, por supuesto, siguen con interés la copa africana.
De hecho, se ceban con crudeza contra un joven de las Antillas francesas, de origen foráneo como muchos de ellos, que sí dice sentirse francés.

La película es una JOYA DOCUMENTAL que muestra la VERDAD desnuda de lo que ocurre en nuestras sociedades; lo que acontece en nuestros colegios mientras los "buenos" retroprogres se obstinan en no querer ver lo evidente.
Así, resulta igualmente triste la llamada de auxilio de la madre de uno de los chicos más brillantes del aula, quejándose de que no se promocionase a los mejores, de que fuese imposible progresar en medio de tanto "descontrol", y suspirando por poder matricular a su hijo en otro instituto de mayor nivel y calidad.
Llega un momento, sin embargo, en que el profesor, tras largos debates infructuosos y constantes escaramuzas verbales, pierde la paciencia y llama "golfas" a dos de sus alumnas más cansinas y boicoteadoras, las cuales no dudan en denunciarle a la "jefa de estudios" para que sea sancionado.
De nada sirve que el profe les explique que el término de "golfa" hacía alusión a sus actitudes insolentes, despreocupadas e irresponsables, pues ellas insisten en que les llamó "prostitutas".
¡Te jodes, pensé, por tibio y blandengue!
Luego, pero, me di cuenta de que era a mí a quien estaban jodiendo, a mis hijos, a nuestros hijos, a TODOS nosotros, a nuestra enferma y débil civilización Occidental.
¿Qué será de Occidente dentro de unas cuantas generaciones más?

Saludos.

jueves, 28 de mayo de 2009

El puente (die brücke)


Bueno, aprovechando que ayer por la noche el común de los mortales iba a estar pendiente de un evento deportivo de masas, decidí ver un clásico del cine bélico: El puente.

Ya comenté en un post anterior la injusticia, sobre todo por parte de Hollywood, de no reconocer la grandeza de dos películas bélicas alemanas: "Stalingrado" y "El Hundimiento".
Y después de ver "El Puente", película que también fue galardonada en Europa pero no obtuvo el preciado Óscar, me pregunto cómo puede un film, que raya la excelencia, ser tan desconocido como olvidado...
¿De nuevo los complejos de Occidente?

El puente, cuyo argumento queda bien explicado aquí, ahonda en dos polos opuestos que se me antojan humanos, demasiado humanos, como son la grandeza y la miseria moral.
La guerra es retratada como algo horrendo, sórdido y cruel, como un sinsentido circunstancial que pone a prueba a los seres humanos, dejando al descubierto las grandezas de unos y las miserias de otros.
Una película alemana, enfocada desde una perspectiva alemana, que por primera vez (creo recordar) retrata al nazionalsocialismo a partir de las trayectorias vitales de un grupo de muchachos adolescentes, es decir, desde un punto de vista que se atreve a mostrarnos la inocencia del nazionalsocialismo en toda su crudeza.
Sí, he escrito la inocencia, porque la épica, las gestas heróicas y los valores como el honor, el orgullo y la dignidad, sólo están reservados a individuos puros e inocentes, a eternos púberes que se niegan a crecer y madurar; que se niegan, en definitiva, a corromperse y ser "sensatos y prudentes".
¿Cómo no iban a ir los protagonistas de la película, jovialmente "alegres y despreocupados", a encontrarse con la muerte?
Les enseñaron a no temer a la muerte, ¿cómo habrían de temer la NADA quienes aprendían a amar valores superiores? ¿quienes creían saber con certeza que sus actos "tendrían un eco en la eternidad"?

Sobre las grandezas

El film nos muestra a la familia aristoi alemana por excelencia, acomodada y de larga tradición militar, de carácter noble y responsable con sus deberes y obligaciones patrias. Aparece un chico en concreto, hijo de un oficial fallecido en la misma contienda, que recibe, orgulloso, la pistola de su padre de manos de su también sacrificada y patriótica madre.
- Es un orgullo para mí, dice, tener la pistola con la que mi padre combatió hasta el final.
Ya con anterioridad, una vecina le preguntó a la madre del chico si no iba a hacer nada para evitar que éste fuese llamado a filas.
La madre, con semblante serio y visiblemente molesta por la pregunta, le responde:
- Todos los hombres de mi familia han sido militares.
Como no podía ser de otra manera, y bien lo entendieron los guionistas, para este chico fue reservada la muerte más épica y lírica a un tiempo.
Ya en el desenlace final del film, y agotada la munición de su MP44, el chico sacó la pistola que fuera de su padre y, cual si de un David contra un Goliat se tratase, comenzó a disparar, poniéndose al descubierto, contra un sniper oculto en una ventana.
El tiro certero del francotirador destrozó el joven y frágil pecho del más inocente, quizás, de entre los inocentes jóvenes del grupo.
Más inocente, si cabe, resulta una entrañable y "dura escena" (por la frialdad emocional que refleja) cuando el joven enamorado del grupo, que había regalado su reloj (con esfera luminosa) a su novia, le pide a ésta, antes de marcharse al frente, que se lo devuelva.
La pobre chica, que había ido ilusionada a despedirle a la estación del tren, se queda helada ante la forma tan fría en que el chico rompía con ella.
No, no rompía en absoluto con ella, pero la razón que da para intentar recuperar su reloj es de una inocencia pura, sublime y virginal:
- Así, su esfera luminosa, le dice a la apenada chica, me indicará la hora cuando haga guardia por la noche.

Sobre las miserias

El político corrupto, el jefe del partido para más señas.
Su hijo se avergüenza de él, pues, además de engañar a la madre con una amante, el político miserable se presta, cercana la llegada de los aliados, a huir como una rata cobarde.
- ¿Qué hay de las ideas del partido?, le inquiere su joven hijo.
- ¡Calla!, le dice el padre, algún día lo entenderás. Cuando estés en el frente harán un hombre de ti y no te comportarás como un chiquillo.
Decididamente, no cabía atisbo de inocencia alguna en el taimado político, pues él sí era un "hombre" ya maduro, envilecido y cínico, que no creía en nada salvo en salvar su propio pellejo. Ni siquiera intentó disuadir a su hijo para que no acudiera al frente a defender causas en las que él mismo no creía, pues prefirió hipócritamente sacrificar a su vástago y así seguir manteneniendo vivo el engaño de su falsa fidelidad y de su falsa hombría.
Queda perfectamente retratado el cinismo del político oportunista, de la rata que abandona el barco cuando éste comienza a hacer aguas por todas partes.
El pobre muchacho, avergonzado, se sentirá obligado a expiar las culpas y pecados de su padre en el frente.
Miserable, también, será la conducta de un oficial, el cual, tras averiarse la moto en la que huía, obligará a pararse, MP40 en mano, un camión repleto de heridos para hacerse un hueco entre ellos.

Y algo de humanidad...

Sí, una película de grandezas y miserias, pero también de sensatez, responsabilidad y de acertadas pinceladas de tierna humanidad, como la demostrada por el oficial al cargo del grupo de jóvenes cuando llama a su sargento más veterano:

-¿Cuánto tiempo llevas combatiendo, le pregunta?
- Varios años, le responde el sargento.
-Bien. ¿Y qué has aprendido en la guerra?
-A esconderme, le responde con sonrisa burlona y cómplice.

Perfecto!, le responde el oficial, hazte cargo de un grupo de chicos y aléjalos del frente.
Ya sabes, protégelos hasta que todo acabe, y tenles ocupados. No sé, que se encarguen, por ejemplo, de custodiar un puente.El puente será, por decisión del buen oficial, el destino, en principio inofensivo, del grupo de jóvenes protagonistas; un puente sin valor alguno que, de hecho, sería dinamitado en breve; un puente que, irónicamente y por caprichosa encadenación de hechos fortuitos y azarísticos, se convertirá en la única y definitiva prueba de fuego contra la inocencia.

Saludos.

martes, 21 de abril de 2009

La Buena Nueva.


Si alguien quiere ver cine del bueno, de los buenos de la ceja quiero decir; si alguien quiere indignarse contemplando dónde van a parar las subvenciones destinadas a nuestro cine "progrerojeras", que no se pierda esta película: "la Buena Nueva", que no tiene desperdicio alguno.
En esta película podremos ver de forma nítida y clara el resentimiento histórico zapateril que nos asola, a través de un guión plagado de tópicos y, ¡cómo no!, de sectarismo y revanchismo cutre-chabacano que rezuma a tutti pleni por todo el metraje.
Nada más empezar la película le comenté a mi nujer:
- Prepárate para ver lo malo, malosos y fachosos, que fueron los del bando nacional.

¡Ops!, me quedé corto al sospechar que el bando nacional iba a quedar mal parado, pues sólo les faltó a los de atrezzo colocar rabos y cuernos a cada uno de los personajes retratados tan "imparcialmente".
Así, el capitán falangista (interpretado por Mikel Tello) aparece como un ser despiadado y deshumanizado, cruel y carente de sentimientos, muy semejante a aquel otro Guardia Civil que apareciera en "El laberinto del Fauno" (Sergi López).
Y es que, viendo cine de semejante calaña, es imposible dudar de la conexión directa entre el Diablo y los malvados ejpañoles ultracatólicosnacionalistas que se alzaron en el 36 contra una "justa" y "sensata" II República. Venga, que no se diga, debieron pensar, no vamos a recrearnos, tan sólo, con los malosos de la falange, por lo que no se cortaron ni un pelo en efectuar otro "realista" retrato del carlismo a través de un personaje beato, borracho y miserable a partes iguales.
Tan miserable era el carlista que nos ocupa que, pretendiendo a su prima, aprovechó el alzamiento para denunciar al marido de la misma, un bondadoso y jocoso médico rural socialista, Guillermo Toledo. El susodicho carlista, ebrio de alcohol, se pegó un tiro en el pie para no acudir al frente, porque además de fachoso y ejpañoloso casposo era un "cobarde pecadorrrr".
Por supuesto, los rojeras eran retratados como jocosos juglares cuya única maldad consistía, tan solo, en molestar "inocentemente" al clero en la plaza del pueblo, ora entonando canciones subversivas, ora enseñando el culo a las timidillas monjitas del convento.
¡Criaturines, si sólo hacían pequeñas travesurillas propias de niños rebeldillos! Ellos nunca supieron de chekas ni de Paracuellos, menos aún de pistoleros asesinos que lo mismo asesinaban a políticos de las derechas o quemaban conventos y torturaban a curas y monjas.

¡Cine del bueno, oigan! Al menos de los que se dicen buenos y justos.

Saludos.

domingo, 19 de abril de 2009

Appaloosa.


Un buen western, y una buena película, que ya es mucho decir para los tiempos que corren de decadencia cinematográfica.
Viendo Appaloosa es imposible dejar de recordar "Pasión de los fuertes" (Henry Fonda y Víctor Mature), "Duelo de titanes" (Burt Lancaster y Kirk Douglas), "El hombre de las pistolas de oro" (Henry Fonda y Anthony Quinn), y tantos otros films que rinden pleitesía a la sacrificada amistad y la inquebrantable lealtad entre compañeros de fatigas.
Las escenas de acción están resueltas con sobriedad y realismo, mostrándonos rápidos duelos y enfrentamientos que nada tienen que ver con las clásicas reyertas en las que un colt podía disparar de forma ininterrumpida el triple de sus correspondientes seis balas.
La película también "engancha" por su original argumento en torno a un "pentágono amoroso", que no triángulo, ya que la Renée no se corta un pelo en ir de flor en flor para encontrar en cada momento la protección del "semental dominante" (brillante observación de Mortensen).
De hecho, Mortensen hace las veces de "filósofo" durante el film, siendo el que observa y analiza con mayor acierto las circunstancias que se suceden, desempeñando el rol de personaje "cabal" y sensato (sanchopancesco), y compartiendo sentimientos y emociones con su inteligente amante (Ariadna Gil).
A su personaje le debemos un brillante diálogo, de entre los muchos que contiene la cinta:

- "Jamás me tomé el aspecto legal muy en serio. No sé, es como una forma de llevar mejor lo de ser pistolero", le comenta a Ed Harris.
- "Yo sí lo tomo en serio, qué sería si no lo hiciera", le contesta su compañero "quijotesco".

En definitiva, vi un western cargado de connotaciones ético-morales, donde sus personajes percibían de forma clara la abismal diferencia existente entre ley y justicia; un film que analizaba los sentimientos y el perfil psicológico de unos seres inmersos en las difíciles circunstancias de un difícil período de la historia de los EEUU.
En cualquier otra película, la actitud casquivana y voluble de Renée hubiese sido censurada y criticada, pero el estoico Harris aceptaba el carácter "dependiente" de su compañera, siempre temorosa y necesitada de un fuerte macho que le diese protección. Al fin y al cabo Alli (Renée) era una dama que sabía tocar el piano, cocinaba muy bien y ¡hasta se bañaba cada noche! ¿Qué le podían importar al curtido Virgil unos "cuernos de más o menos"?, a él, que sólo había estado con putas y con una india (repetido curriculum amoroso del resignado Harris).
El broche de oro, a un más que digno film, nos lo proporciona Mortensen que, pareciendo querer emular de nuevo al gallardo Alatriste, reta a un duelo al malvado Irons, asesino que fuera indultado por unas laxas y corruptas leyes que no entendían de JUSTICIA.
Así, se cierra el círculo y la trama de un magnífico western, impartiendo justicia, "comme il faut", pero no al estilo fordiano de "El hombre que mató a Liberty Valance", desde las sombras de un oscuro callejón, sino a cara descubierta y con la "bofetada retadora de rigor", al más puro estilo caballeresco o "quijotesco", como se prefiera.

¡Nada que ver con las típicas cutre-frikis películas de turno con las que suele obsequiarnos nuestro subvencionado y chabacano cine español!

Saludos.

sábado, 21 de marzo de 2009

Gran Torino, del gran Clint Eastwood.


Ayer me deleité viendo "Gran Torino", del gran Clint Eastwood.
Una película sencilla que comienza recordándonos al entrañable "sargento de hierro", aquel tipo duro y malhablado que de un solo golpe derribó al gran "sueco". El anciano cascarrabias, sin embargo, evolucionará como persona a lo largo del film, hasta irse convirtiendo en un personaje "sensiblero" y más humano.
Eastwood realiza un "desconocido" retrato costumbrista de un barrio marginal, cuyos habitantes originarios fueron abandonándolo al tiempo que era ocupado por inmigrantes asiáticos. Digo "retrato desconocido" porque Hollywood nos tiene más habituados a ver sucias callejuelas de barrios negros o glamourosos y ricos barrios de Beverly Hills.
Y allí, entre los miembros de la etnia "mong" (no sé si se escribe así) resistirá Eastwood con el viejo Garand que heredó de la guerra de Corea.
¡Geniales las apariciones estelares con el viejo fusil de un viejo pasado que le perseguía y atormentaba!
No me gustó el final, demasiado "beato" para mi gusto, con sacrificio personal incluído y herencia de su patrimonio para la Sta Madre Iglesia.
Y, sin embargo, su mayor pecado o error, como se quiera interpretar, no lo confesó ante el "pater" que tenía como misión salvar su alma, sino a su joven amigo asiático.

miércoles, 4 de marzo de 2009

El creyente (the believer)


Volví a ver la película "El creyente" por casualidad, mientras hacía zaping, y no pude evitar volver a engancharme a su reflexivo y provocador guión como me enganché en su día, ya hace algunos años.

Un judío que se convertía en nazi. ¡Ahí es nada!, sin duda una sugerente propuesta que, además, estaba basada en un hecho real.
La película es susceptible de ser analizada tan "sesudamente" como febril o imaginativa sea la mente de cada espectador, pero yo, en concreto, centraré mi reflexión en lo que considero el eje central del esquizofrénico proceder del protagonista: el dilema a la hora de optar por imperativos vitales vs imperativos morales.

Aparecen en la película dos pasajes o escenas que, creo, resultan imprescindibles para entender al atormentado protagonista, Danny Balint:

1) La primera: cuando Danny era estudiante de las sagradas escrituras y se enfrentó a su profesor con motivo del conocido pasaje bíblico de "el sacrificio de Abraham".
El profesor, por supuesto, le explicó la versión judeocristiana que todos conocemos, es decir, el carácter de prueba que tenía dicha petición para comprobar la incondicional obediencia y sumisión del bueno de Abraham, incluso para sacrificar a su hijo, llegado el caso, en nombre de Dios.

-¿Qué clase de Dios era ése?, preguntaba Danny visiblemente irritado.
¿Y qué clase de padre era Abraham?, dispuesto a sacrificar la sangre de su sangre por designio divino.

2) La segunda escena la protagoniza un superviviente de un campo de exterminio nazi, que relata a Danny y a sus amigos, condenados por un juez a asistir a una terapia de sensibilización, un trágico episodio del pasado.
Les contó, el envejecido y atormentado judío cómo, intentando huir de los nazis él y su familia, fueron descubiertos ocultos en un carro de heno, y les narró cómo un sargento alemán ensartó a su pequeño vástago en una balloneta.

- ¿Y tú qué hiciste?, le preguntó Danny con tono de reproche.
- ¿Qué podía hacer?, acertó a decir el judío.
- ¡Pues luchar!, le espetó Danny al tiempo que abandonaba la sala y le gritaba al grupo de terapia que él no tenía nada que aprender de ellos, sino que eran ellos quienes debían aprender.

Creo que estas dos escenas son claves para entender el reproche que Danny formula contra una religión que él consideraba propia de débiles, contra una moral victimista en definitiva.
Danny entendió, ya desde pequeño, que cualquier padre, por imperativo vital, estaba obligado a preservar la vida de sus hijos; entendió que se trataba de una ineludible ley natural que estaba por encima de cualquier ley moral.
Así lo entendió también cuando acusó de cobarde al padre judío que permaneció inmóvil mientras su hijo era asesinado ante sus ojos.
¿De qué le sirvió sobrevivir a la muerte de su hijo?
-Mírate, le espetó Danny, eres un despojo humano, ahora estás peor que si, entonces, hubieses muerto junto a tu hijo.

Danny, efectivamente, se debatía entre seguir los dictados vitales impuestos por las leyes de la naturaleza o seguir aquellos otros imperativos morales que instaban a la sumisión y la resignación de los hombres.

¿Qué debía hacer Danny? ¿Qué debemos hacer todos nosotros?
¿Agachamos la cabeza cuando nos revientan la vivienda, o arremetemos contra quienes nos agreden impunemente ante la desidia de una "justicia" adormilada?
¿Nos resignamos a ver cómo los violadores y asesinos de nuestros hijos gozan de derechos, mientras nosotros, como el atormentado judío de la película morimos cada día por la pérdida de nuestros seres queridos?
¿Permanecemos silentes y resignados mientras dinamitan nuestra razón de ser, que es la Razón de ser española y occidental?

¿Quiénes, y por qué, matan la vitalidad de los pueblos? ¿Quiénes asesinan al instito natural de supervivencia en nuestras sociedades carentes de dignidad, resignadas a diluirse en la nada de los tiempos en aras de cumplir escrupulosamente con preceptos ético-morales de falso buenísmo "democrático"?

Saludos.

lunes, 23 de febrero de 2009

El niño con el pijama de rayas.


Una buena película que pasa rápida ante nuestros ojos, sin hacerse aburrida en ningún momento.
Se agradece, para variar, que algunos directores hagan todavía actual el dicho de "lo bueno si es breve, dos veces bueno"
No me pareció en absoluto ñoña ni sensiblera, ni siquiera pretenciosa como la fallida "Walkiria" de Tom Cruise, en exceso cargada de sesgada moralina.
La película enfrenta y aborda, a mi manera de ver de forma inteligente, la crítica decisión de Hitler de exterminar a los judíos; y enfoca y analiza al nazionalsocialismo desde diferentes perspectivas dentro de un mismo núcleo familiar, provocando tensiones y discrepancias entre sus propios miembros.

Volví a acordarme de "Walkiria" y de los métodos subversivos, propios de terroristas, del "bueno" de Stauffenberg para apartar a Hitler del Poder, del mismo modo a como en las Españas se apartó a Carrero Blanco.

Yo "ni quito ni pongo rey", porque en difíciles circunstancias tiende a legitimarse cualquier medio, por inmoral y bastardo que sea, para permitir alcanzar loables fines. Sucede, pero, que en no pocas ocasiones es "peor el remedio que la enfermedad", pues todo cerdito Napoleón de granja tiende a convertirse en aquello mismo contra lo que combatió.

Y cuando comienzo a disertar y a divagar de manera tan ambigua, no faltan quienes me tachan de débil, incluso de tibio liberal.

¿"Tibio" yo?... ¡vamos, ni que fuese un Marianín maricomplejín!
Yo creo todavía en el HONOR (con mayúsculas) y en la necesidad de preservar la dignidad de todo ser humano, pero creo también en el imperativo vital de actuar enérgicamente cuando las difíciles circunstancias así lo requieren, o cuando "peligrara la justicia y la integridad de la patria" (José Antonio).
Me sucede como al aristocrático Laurence Olivier en "Espartaco", pues pienso que, llegado el momento crítico, debería ser el pueblo soberano y responsable quien delegara voluntariamente en un cónsul honorable y excelente, no dando la oportunidad, así, a que ningún Sila se arrogara el derecho de intervenir ante la desidia de políticos y ciudadanos.
Es claro, pero, que allí donde se prescinde de la figura de un necesario y enérgico cónsul siempre es susceptible de aparecer un dictador.

Y España, queramos reconocerlo o no, necesita un cónsul con urgencia vital, alguien que ponga fin a la perenne partitocracia actual que se prepetúa y alterna en el Poder mientras España se diluye, no sólo económicamente, sino moral y vitalmente, pues es su propia Razón de Ser la que peligra merced a nuestros miserables políticos.

Saludos.

martes, 17 de febrero de 2009

Walkiria


¿Recordáis la divertida película española "por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo"?, pues viendo la insufrible "Walkiria", protagonizada por Tom Cruise, no pude evitar preguntarme: ¿Por qué lo llaman héroe cuando no fue mas que un traidor?

Me pareció más convincente la interpretación de Ulrich Tukur en la "operación Walkiria" del año 2004, porque el amigo Tom, además de no estar a la altura del personaje (nunca mejor dicho), nos "regala" un final patético, con pretensiones heróicas, que raya el histrionismo.

De verdad, poned atención a la sonrisilla de "zumbao" que esboza Cruise cuando está delante del pelotón de ejecución.
Lo que pretende ser una interpretación propia de un héroe se torna bufonesca histeria acompañada de sonrisilla propia de un psicópata.

En fin, reconozco que visioné la película con no pocos reparos y prejuicios, porque, a pesar de los pesares, un traidor siempre es un traidor, ya sea aquí, en China o en la lejana Patagonia; y lo es, ya se llame éste Brutus, Judas, Bellido Dolfos, Lluís Companys, Manuel Azaña o Claus von Stauffenberg.

Pretender hacer pasar a un traidor por héroe es muy propio de la pseudomoral perversa que impera en Occidente; la misma que hace pasar a un sanguinario terrorista, como el Che, por libertador.
Sólo dos escenas para recordar:
La primera cuando Hitler explica que "no se puede entender el nacionalsocialismo sin Wagner" (parafraseo) y la segunda cuando Goebbels, creo, se coloca la cápsula de cianuro en la boca ante la incertidumbre de si triunfará el golpe de Estado del traidor Stauffenberg.

Aburridilla película, ¡voto a Bríos!

Saludos.