
He vuelto a ver "Alejandro Magno", de Oliver Stone.
La película no me acabó de agradar la primera vez que la vi, no me impactó en absoluto, pero entonces... ¿por qué la he visto ya tres veces?
Ayer, medio resacoso tras la verbena de San Juan, volví a ver la historia de Iskander, cerveza helada en mano.
Volví a encontrarme con el ramalazo "progrerevolucionario" del ínclito Stone, ora en su cansina defensa de la Alianza de Civilizaciones, ora en el sobredimensionado análisis marxistafreudiano con el que Stone disecciona a sus personajes. Sin embargo, a pesar de ello, me deleité y me tragué enterita la película hasta las tantas de la madrugada.
¿Por qué?
La belleza es la clave, la cuidada y hermosa estética, tanto de los actores como de la ambientación, que es mimada por una cuidada fotografía y una sensual puesta en escena.
Angelina Jolie, bellezón del 20, está soberbia. ¿A quién cojones le importa la calidad artística de su interpretación cuando nos deleita en cada una de sus apariciones con su bello rostro, sus sensuales y libidinosso labios y su escultural figura?
¿Qué decir de la exhuberante Roxanne (Rosario Dawson)? Ummmm, una belleza felina y lúbrica que nada tiene que envidiar a Jolie. La escena del revolcón en la cama con Alejandro es gloriosa, y hubiese sido de 10 si el tontaco del Farrell no la hubiese estropeado maullando como un vulgar gato faldero en vez de rugir como el regio tigre de Bengala que debía darle lo suyo. Mucha hembra para un Alejandro tan tontaco y nenazas.

Bueno, y ahí es donde quería llegar, al acertado retrato que realiza Stone sobre la homosexualidad manifiesta de Alejandro.
Hefestión, el amante y amigo leal de Alejandro, sí se muestra como un convencido homosexual que no pierde ni un ápice de su hombría a pesar de ello: bello, valeroso, leal, una "hermosa bestia" nietzschiana.
Sin embargo, Alejandro es un "bisexual", es decir, un ser desorientado y atormentado. Podría parecer, en una precipitada primera lectura, que es un sibarita que sabe saborear las diferentes propuestas del dios Eros, pero en realidad es un avergonzado castrado (lectura freudiana de Stone) que nunca fue capaz de superar el dominio de su poderosa y manipuladora madre.
Alejandro, al contrario que el bello Hefestión, es un cobarde traidor que negó a su padre, siempre instigado por las intrigas sibilinas de su perversa madre.
Así, Alejandro aparece como un hombre incompleto que necesita de la hombría real y auténtica de Hefestión, es decir, necesita reconocerse en lo mejor y más selecto (necesita recuperar la hombría)
Situémonos en la época helénica, y consideremos también que Alejandro fue instruído por el sabio Aristóteles e influenciado por su guerrero padre (bárbaro, a la postre). Estamos, de nuevo, ante una hermosa bestia rubia: la figura del caballero poeta, del guerrero intelectual que necesita reconocerse en lo mejor. Y no nos engañemos, lo mejor era lo andrógino (varonil,) valores como la lealtad y el sacrificio, la épica heróica...
Lo mediocre y mundano, lo intrascendete, quedaba reservado a las mujeres, que ni siquiera eran dignas de ser consideradas como iguales, sino como meros vientres de alquiler (¡"qué alto precio debo pagar por haber alquilado 9 meses su vientre!, exclamaba Alejandro quejándose de la nimiedad por la cual debía lealtad a su castradora madre)
Gestar una vida durante 9 meses, ¡qué vulgaridad en comparación con la muerte épica y gloriosa en el campo de batalla!
¡Cómo no habrían de reconocerse como homosexuales los auténticos griegos aristois, las más selectas, excelentes y bellas bestias de la guerra!
Lo natural, e insisto en ello, era que "lo mejor se reconociese en lo mejor" y, por tanto, que el amor más profundo y auténtico se pofesara al compañero de armas, a quienes representaban los valores más regios y nobles.
¿Me equivoco?
Fale, pues entonces explicadme por qué, desde que la Chacona metió su "pacifismo talantero" y feminista en nuestro otrora glorioso ejército, tenemos una tropa afeminada y castrada, sin eufemismos, capaz de abandonar al compañero disidente a su suerte; capaz de dejar que España se autoinmole tranquila y lentamente.
Saludos.